Thursday, September 24, 2009

Love is pain

Armin Meiwes mató a un hombre al que apreciaba para descuartizarlo y comer su carne. El proceso completo fue grabado en vídeo. Si no reivindico como pornografía esta cinta no es porque me dé miedo o asco. Es porque me da pena.

Esas malditas relaciones por internet lo confunden y precipitan todo. El concepto de este caníbal me parece bello y noble, pero poco aplicable al campo de lo real, sobre todo si uno tira de la red en busca de un cómplice.

Me imagino, por ejemplo, y antes de exponerlo invito a los de vómito fácil a cerrar esta ventana en pos de conservar su saludo, el amor verdadero. La adoración más extrema. Sólo los niños más solitarios sabemos lo que eso significa. Adorar no es peregrinar una vez al año ni santiguarse antes de dormir, y mucho menos rezar cincuenta rosarios para purgar un pecado. Se adora con los cinco sentidos, y la intensidad es tal que los minutos parecen durar noventa segundos.

Los niños tristes y solos crecemos ahogando un ataque de ansiedad en la garganta que nos acompaña sin pausa hasta la edad adulta. Y si no se ha aliviado, lo seguimos acarreando de una manera mucho más peligrosa: con medios a nuestro alcance. La extrema soleda en mi caso y en el de Meiwes se manifiesta no tanto en la urgente necesidad de recibir cariño como en la de ofrecerlo. Deseo rabiosamente alguien a quien amar, y a quien elija deseo amarlo hasta la locura más frenética. Es la consecuencia de un entorno hostil en el que la pena más grande no consiste en que la chica de tus sueños no te haga caso, sino en que no la encuentras por ninguna parte. Cuando alguien asoma la patita por debajo de la puerta estamos tan desesperados que con agarrarla no es suficiente, parece que lo más seguro es arrancarla de cuajo y tragárnosla. Así no irá a ninguna parte, así permanecerá para siempre en nuestro interior. Cuando volvamos a afrontar la habitación vacía, abrazaremos nuestros propios miembros como si fueran los de otro que nos quiso, y será como tener para siempre una cálida y fiel compañía.

Yo poseo el enfermizo don de la adoración. Es hermoso durante un tiempo pero luego se vuelve peliagudo. No es fácil llevarlo a la práctica. Por eso entiendo al caníbal Meiwes, le compadezco, y no le temo. No fue su culpa. Todo salió mal, fue desorganizado y chapucero, no conocía a su “víctima”, no estaban realmente de acuerdo. Él no buscó matar a una persona y comérsela, sólo quería adorar a alguien hasta el punto de desear devorar su carne, y que el otro se sintiera tan feliz, tan cuidado y venerado ante sus atenciones, que se la entregase.

Si alguien pudiera corresponder mi amor en la medida en que yo amo, querría que me lo comiera. Los que me conocen tragan saliva porque saben que no exagero.

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